EL BLOG DE

CARLOS MAL

(Qué injusto es Dios)

Pira Pagana - Autopsia del Año Nuevo

Los judíos lo celebran en septiembre, los chinos y los rusos a mediados de enero, los coptos el 11 de septiembre. Los japoneses envían tarjetas decoradas para año nuevo, y no para navidad. Los musulmanes tendrán dos años nuevos en 2008.

Uno de los momentos más gratos del año nuevo en nuestro mundo occidental es la importancia simbólica que le hemos dado al tiempo. Los diez segundos que pasan entre el 31 de diciembre y el primero de enero tienen un carácter ritual muy especial.

En primer lugar, esos diez segundos recuerdan a una bomba, al despegue de un cohete, al ultimátum de una madre enojada, al monólogo interno que, del uno al diez, nos tranquiliza cuando queremos enojarnos muchísimo.

Pero en lo profundo son diez segundos en los que la gente se sabe parte de una colectividad. Sin importar religión, raza, sexo, edad o condición económica, es la única ocasión en la que el mundo se reúne a celebrar algo que no existe: una unidad de tiempo impersonal.

Y es que no se celebra el cumpleaños del mundo o nuestro aniversario de vida en la tierra. No. Se celebra el simple hecho de que pasaron 365 días por el calendario, como si eso fuera especial y peculiar. Más cuando no existe una persona querida a quien felicitar por ello. Llanamente, celebramos los segundos, el tiempo.

El ser humano es un animal interesante. Aunque desdeñamos la prehistoria como la incivilización, la anarquía y la incomodidad, en verdad el ser humano sigue fascinado de las mismas cosas que el Cro-magnon y el hombre de Java: los ciclos, las cosas que se repiten, las cosas que finalizan en el inicio de otra.

Cuando el ser humano siente que una cosa se ha completado, el cerebro proporciona un sentimiento de tranquilidad y de sentido. Cada vez que uno conduce a través de un puente y sale por el otro lado siente una secreta satisfacción de haber terminado algo.

Si alguien ve un botón rojo, aunque no esté conectado a ningún mecanismo o aparato, de cualquier manera algo prehistórico, algo neolítico y lejano lo obligará a presionar el botón.

Cuando vemos que un año ha terminado sabemos que una cosa en la que participamos se ha terminado y el mundo es, por un momento, completamente nuevo. Es un poco decepcionante que el sol, girando alrededor de la tierra, es incapaz de darle al mundo un ano nuevo simultáneo.

Así que, en esencia, el último día del año hay un año nuevo cada milésima de centímetro de todo el mundo, mientras el recorrido del sol convierte el tiempo de cada lugar del que se aleja o se acerca en, exactamente, las doce de la noche en punto. Digamos, entonces, festivos: ¡Felices miles de millones de años nuevos, Oh, amplitud infinita del planeta!

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