EL BLOG DE

CARLOS MAL

(Qué injusto es Dios)

Narcoíris doble (¿Qué significa?)

ÍBAMOS A PASAR DE LARGO POR MAGDALENA de Kino, Sonora, porque era muy tarde como para pasear por mi poblado favorito en todo el mundo, y estaba el detalle de que yo no estaba al volante: mi primo Jesus “Hardigan” Pacheco manejaba su flamante Toyota Corolla blanco, y yo, a las dos de la mañana continuaba despierto pues él y yo tenemos un par de pactos entre caballeros; el que nos concierne ahora es el pacto de jamás de los jamases quedarnos dormidos cuando el otro está conduciendo.

El otro pacto consiste en que si envejecemos sin parejas sexuales, uno de nosotros se implantará un seno (uno solo, no estamos dementes) y el otro se implantará un glúteo de silicona y nos permitiremos —el uno al otro— acariciarnos esa parte erótica de nuestros mutantes cuerpos cuando nos parezca necesario el sedoso tacto de las curvas femeninas.

Poco después de pasar la caseta de cobro, el estéreo del auto llenaba los incómodos silencios con algo tan turco y gay como “Simarik” y los besitos de Tarkan. Es normal imaginar que no era el momento más badass y orgulloso de nuestro viaje; éramos algo así como lo contrario a un motociclista tatuado; éramos dos profesores con la camisa fajada yendo a algún lugar donde haríamos cosas de profesores.

Hasta que nos emparejó la camioneta del narco.

Desde la ebúrnea torre de su Ford Lobo alguien nos miró y nos sopesó. Yo sólo vi su mollera y las señales arcanas que le hizo al conductor. En un segundo la camioneta nos cerró el camino, como si de una puta película de acción se tratara. Así, justo como lo imaginan quienes me leen, con un violento coletazo, la Lobo blanca quedó perpendicular a nosotros.

Alguien bajó los interminables escalones que lo llevaban de la cabina hasta el lejanísimo pavimento. Nosotros permanecimos en nuestro auto, inmóviles, sin saber qué esperar, pues después del fin de la infancia estuvimos años y años tratando de desaprender el alfabeto de la ficción hollywoodesca. No esperábamos que un cliché de las películas se estuviera desenrollando ante nosotros como la lengua de Satanás. Pero así fue. El sujeto levantó su brazo y nos apuntó con una pistola.

Narc-en-ciel
Para quienes no estén entrenados en las arduas ciencias de la causalidad les anuncio que, aunque estoy contando una historia sobre un narco que me apuntó con una pistola después de cerrarme el paso a las dos de la mañana en la carretera, no estoy muerto. Mi primo, desgraciadamente, no corrió con la misma suerte. No, no es cierto, es broma, él también sigue vivo, ahora mismo debe estar dormido, reuniendo fuerzas para otro día de armar robots en la Universidad o alguna porquería nerd por el estilo.
Las alocadas aventuras del par de profesores ñoños que te han cautivado desde que comenzaste a leer este artículo continúan de esta manera: el tipo con la pistola dudó por un segundo. Al parecer nos vio y no reconoció en nuestras caras de pendejos los enemigos a quienes le habían ordenado matar. Bajó la pistola o no sé qué chingados, porque lo siguiente fue que el auto en que viajábamos iba en reversa. Así reaccionó mi primo, pisó el acelerador a fondo en reversa. Y como Dios es tan misericordioso en Su gloriosa inexistencia, los sicarios no nos siguieron. Nos refugiamos en las oficinas anexas a la caseta de cobro temblando como un par de arañas que acaban de escabullirse de su exoesqueleto, cristalinas e inermes.

Pasamos toda la madrugada en la comandancia de Magdalena. Vimos episodios momificados del Chespirito de los ochentas, de esos capítulos terribles cuando el Botija y el Chómpiras trabajaban en un hotel y la Chimoltrufia era la emperatriz de la televisión mexicana.

“Creo que ya es seguro irnos”, dijo mi primo, “pero nos vamos a ir por la otra carretera”.

Paréntesis
Así de fácil: sobreviví, como muchos. Lo especial de mi caso es que soy escritor, así que puedo y voy a hacer una crónica del narcotráfico en mí, pues lo viví como casi todos: de manera tangencial, con apenas un incidente más o menos directo para no volver a tener contacto con el fenómeno jamás en la vida.

Hoy soy un escritor desempleado, un desertor de doctorado que se presenta como “doctor Mal” a donde va y que hace caricaturas para poder comprar cigarros. Básicamente soy la cristalización del bohemio perfecto o el perdedor más patético imaginable. Algo en mi degradación inherente hace pensar que puedo escribir algo sobre el narcotráfico, y por Dios y su ficticio séquito celestial, lo voy a hacer, porque hay dos cosas que sé hacer más o menos bien, y esas son escribir y dar cunnilingus.

Narcoptérix
Amigos que leen esto en otros lares, lejos de mi tan querido norte de México: yo soy algo así como un hipster del narcotráfico. Yo estaba asustado con las masacres del narco desde antes de que fuera cool. Ustedes conocen al Chapo, y a la Barbie, mientras que yo conozco (no en persona, cabe aclarar) a narcos tan underground que ustedes ni siquiera han oído hablar de ellos.

Sí, “El Jefe de Jefes” es un narcocorrido muy bueno, pero se ha hecho demasiado comercial; los Tigres del Norte y los Tucanes de Tijuana ya no son genuinos como antes: antes grababan para firmas independientes, hoy son unos sellouts que comparten compañía discográfica con Thalía y RBD. Leo mis noticias sobre ejecuciones y ajustes de cuentas de manera irónica. La fuga del Chapo al estilo conde de Montecristo está bien, pero la fuga del Rojo fue más indie, e implicó amarrarle granadas vivas a quien lo escoltaba a la cárcel.

Hace unos meses volví de Estados Unidos para hacer unos trámites que me harán despedirme de este desmadre de país e irme a Francia, donde los criminales más rudos tienen pesadillas en donde figuran los narcos de México.

Têtes or GTFO
Los festejos del Bicentenario en México nos hacen recordar las glorias de un pasado épico ficticio, en el cual los héroes sólo vivían durante los momentos del combate y se ponían a hibernar el resto de sus horas humanas. Normalmente los ínclitos próceres nacionales eran incapaces del mal y de la degradación. Pero esto de la revisión crítica de la historia está ya muy sobado por escritores que son —algunos— más o menos superiores a mí.

Mi punto es que las revoluciones de emancipación son vistas de manera positiva la mayor parte del tiempo. Es muy diferente decir: “La guerra de independencia de X país” a decir “la violación de Nankín”, aun cuando en ambos eventos haya habido gran violencia y derramamiento de sanguaza. Los gringos ponen en lo alto de sus glorias la Revolución de 1777, en la cual participaron, al parecer, sólo trannies con peluca blanca y dientes de madera que hoy en día son venerados como los santos que le faltan a su nación protestante.
 
En Francia, por otro lado, la Revolución fue otra cosa: tuvo que ver con cortar cabezas. Muchas pinchis cabezas. Muchísimas jodidas cabezas. Parece que querían poner una tienda de cabezas podridas y hediondas. La Revolución Francesa fue un movimiento absolutamente aterrorizante: es lo más parecido que uno puede encontrar al apocalipsis zombi.

Imaginen: Lavoisier, el científico, come tranquilo en su casa. Una turba de revolucionarios mugrosos, desdentados, con huecos en la ropa, destroza las ventanas y puertas (aquí hay que imaginar los brazos estirados de la turbamulta, deseosos por entrar y destrozar). Los muertos vivientes se llevan a la familia entera. Al día siguiente la cabeza del hombre de ciencias rueda como una albóndiga empanizada de polvo. En días posteriores todo mundo estaba cortando la cabeza de todos. La reina. El rey. Danton. El mismo puto Robespierre, cortador de buches por excelencia, fue decapitado. No había más ley que la ley que decía “¡cortar cabezas es lo pinchi máximo, putain!”

Bueno. Los hijos de la Revolución, los franceses de hoy, los herederos de los decapitadores por excelencia, tiemblan y mojan sus pantalones ante las decapitaciones mexicanas. Y es que en poco tiempo el narco mexicano se convirtió en Jigsaw, el títere pendejo de las todavía más pendeja “saga” de películas Saw.

Y sí parece que los criminales de nuestro país se juntaron un día y decidieron hacer una competencia de quién hacía la chingadera más macabra: “¿Ah, sí?, ¿pusiste un decapitado en un puente, Fallujah style? Yo puse hieleras con cabezas humanas en un pinchi kínder, puto, supera eso.” Estos casos son reales, por cierto. Los franceses leen sobre este tipo de cosas, “amigo” lector. Leen y tiemblan. Fuman sus cigarros, sorben su vino tinto y dicen par dieu. Somos oficialmente más terroríficos que la Revolución más creepy de la historia.


Pinchis imanes… ¿cómo funcionan?
¡El narcotráfico es un problema que debe erradicarse! ¡Con armas de fuego! El problema es que no hay problema. Veamos: un problema comienza desde un punto cero. Digamos que tenemos un carro nuevo que un día se descompone. El problema es la descompostura, y “estar descompuesto” es radicalmente opuesto al estado normal del auto, el cual es “funcionar perfectamente.”

Ahora pensemos en otro automóvil. Este otro lo hice yo en mi tiempo libre usando hojalata y mucho optimismo. El auto está mal desde el inicio; que se descomponga no es un problema, es una ocurrencia adversa pero normal, pues la descompostura es una manifestación de la naturaleza errónea del auto. Sí, con esto digo que no hay solución porque el país está mal desde el inicio.

Y es que si nos vamos a buscar culpables vamos a terminar en Hernán Cortés y aun en los corruptos tlatoanis del fabuloso (lo digo por falso, no por chingón) Tenochtitlán. México nunca ha sido perfecto. Gente buena ha muerto sin razón todo el tiempo. Lo inaudito, es que ahora la gente buena y mala muere de manera más creativa y barroca. Y casi toda esa gente está muriendo en Ciudad Juárez, donde agarraron a Willie Lee, quien mató a un wey en Reno sólo porque sí.

A veces me acuesto en una esquina del baño con la regadera a todo poder mientras me froto con jabón y, aunque la vergüenza y la mugre sí se van, siempre hay un pelo en el jabón. Trato que quitarlo con la uña y otro cabello llega y lo releva como en un despliegue de patriotismo japonés en el cual las hojas del divino cerezo son cabellos que se caen de mi cabeza o mis axilas. Los hinduistas hacen una analogía diferente, pero similar, para medir la tortuosa lentitud de las vueltas de la rueda del karma. Cuando México muera ¿reencarnará en Canadá o en Honduras?

Anarco in the MX
El narcotráfico emplea tácticas cada vez más mariguanas. Las narcomantas son melodramáticas, escritas con tinta enriquecida con testosterona; me recuerdan a los textos publicitarios en inglés que se hacen en China y Corea. Lo único que falta es que un día estemos viendo todos la tele y de repente a un segundo de estática le siga la tétrica faz de un gran capo de la “mafia”, quien dirá algo en las líneas de “¡Ríndanse, Superamigos!”

Pero cómo va a llegar a eso si en verdad la razón por la cual el enemigo parece ser invisible es por el “Síndrome La Carta Robada™”: los narcos son invencibles e invisibles porque somos nosotros. Y no, no lo digo de manera metafórica en el sentido de “todos nosotros somos el problema porque lo soportamos y lo mantenemos con nuestra corrupción y cobardía”, no, no, no, no. Literalmente, nosotros somos los narcos, nuestros tíos o primos, nuestros padres, hermanos y amigos.

Los narcos no son una banda de solteros extranjeros que decidieron comenzar a decapitar gente a cambio de droga o como sea que esa madre funcione (la verdad no sé cuál es el proceso, ¿se nota?), sino son los compas que uno ve en la foto de grupo de la primaria, ese sobre el cual uno se pregunta “¿qué habrá sido de este pendejazo?” O el sobrino medio cholo que se salió de la prepa porque la escuela es para perdedores y jotolones. O un montón de etcéteras con cara de conocidos.

¿Alguien se acuerda de los tiempos de Miguel de la Madrid? Pinchis chamacos mocosos y onanistas, todos ustedes nacieron en tiempos de Pokémon, cuando MTV ya había muerto, qué chingadas madres van a acordarse de Miguel de la Madrid, un presidente tan grisáceo que a veces se me olvida que pasé seis años viendo su cara de mongolo en la televisión y en los periódicos (los cuales leía con un vaso de whiskey en la mano mientras me sobaba el bigote).

En tiempos de De la Madrid (pinchi apellido mamón, suena más a presidente de Luxemburgo que de México) el narcotráfico y la sociedad civil vivían un romance soñado. La mariguana seguía pasando a Estados Unidos y se sembraba en Sinaloa y en Tamaulipas, tal como ahora. Los carteles controlaban regiones específicas y a veces se mataban como ahora. El gobierno a veces metía las narices y la población como si nada. Eras los ochentas y estábamos muy preocupados con nuestras patillas seductoras y nuestros atuendos de mezclilla de cuerpo completo como para que nos importara un pito si la droga esto o aquello.

¿Ubi sunt, lectores de pacotilla, dónde están los muros de la patria mía? No por decir que tiempos pasados fueron mejores se me debe culpar de estar cegado por la falsa nostalgia (que es la única forma de nostalgia que existe). Es que recuerdo que algún día los narcos y el gobierno vivían en armonía, como los hermanos, como la familia que son.

Cuando las cosas comenzaron a ponerse demasiado rudas, allá en 2008, le pregunté a mi padre: “Viejo, recuerdas el narcotráfico en los setentas? ¿Era igual que ahora?”. Mi padre, un monolito de músculos magros y estoicismo old school, me dijo “No.” Yo quise creer que simplemente no recordaba bien las cosas, o que como los medios estaban en pañales de tela, la gente no se enteraba, así que insistí: “Pero si las cosas no eran peores ¿cómo se explican proto-narco-corridos como ‘Clave siete’, en el cual se cuenta la ejecución a sangre fría de hombres y mujeres? ¿Qué tal todos esos corridos sobre el semidivino Chito Cano?” Los ojos de mi padre (la única parte suave de su cuerpo de gólem) se deslizaron hacia mí. “Hoy está peor.” Yo quise insistir, pero, lectoras, tengo cara de imbécil, pero no lo soy.

El de antes era otro México. Un México en el cual los profesores fumaban en clase y las cervezas venían en latas de acero, no de aluminio. Un México en el cual los alcaldes, brillantes de grasa y embutidos en una guayabera sudada, se ponían lentes de Bruce Lee y saludaban a la gente en las inauguraciones de supermercados feos. Los narcos eran sinaloenses con huaraches y con un código bushido inquebrantable. Sí, de vez en cuanto uno que otro civil se veía entre el enjambre rabioso del plomo, pero también, como siempre, hubo y hay gente muerta por el transporte urbano.

Ese México de bancos al que sólo iban los ricos, de televisores con perilla y de reportes escolares con olor a mimeógrafo se ha ido para siempre. Pero lo que ha quedado es esa barbarie al estilo PRI, al estilo sindicato huevón, al estilo López Portillo. Lo que nos ha quedado (y puede salvarnos) es la corrupción. ¡Sorpresa, bitches!
Si todos luchamos por volver a tener los niveles de corrupción del pasado podremos, tal vez, con mucho empeño y mucha buena vibra, lograr ese equilibro parecido a muchas personas queriendo pasar por una puerta al mismo tiempo y que se quedan todas atoradas. Atoradas en amor y comprensión. Atrapadas en armonía y hermandad. Podríamos volver a esa prosperidad. No, no es cierto, no se puede hacer nada ni volver el tiempo atrás. Estamos jodidos y cada año va a ser peor. Es la naturaleza del tiempo y la naturaleza de Dios, quien es sumamente injusto.

La fuga del blanco
Era de madrugada en Magdalena de Kino, Sonora. Horas atrás mi primo Jesus “Hardigan” y yo habíamos visto los ojos hoscos de la muerte, de una parca indecisa y probablemente ofuscada por la coca, que había apuntado su hoz de sangre hacia nosotros por un segundo antes de titubear y olvidarse de nosotros. “Voy a dejar que el cigarro acabe contigo, Carlos Mal; me da menos hueva que ir a buscarte hasta París, pinchi pendejo”, debe haber dicho.

Íbamos en silencio. Me puse a imaginar que las líneas blancas intermitentes de la carretera eran puñales que entraban incesantemente en el carro, acuchillándolo de manera interminable. La violencia no dejaba mi cabeza. Vi las nubes, que comenzaban a inflamarse con el sol, que ahora se veía como una promesa de disipar los espectros de la noche. “Al menos si los narcos vuelven por nosotros los vamos a ver llegar y vamos a poder entregar el equipo como se debe: después de una persecución febril al estilo Hazzard”, dijo mi primo, as del volante, barroco en su habla.

“Cual debe ser”.

“Cual debe ser”, repitió él, y, joviales, nos chocamos nuestras ñoñas bebidas no alcohólicas mientras el Toyota se pintaba de un oro ígneo y se perdía en los límites en llamas del sol, que apareció entre dos montañas final-fucking-mente.

Este texto es un resumen del que apareció publicado en
la revista Vice México
,volumen 3, número 11, en 2010.


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14 commentaires:

  1. Excelente!...mas de uno seguramente se sintio tocado por tal detalle, seguramente mas la gente que vive o vivio en SON. Altamente entretenido.

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  2. Carlos Mal Pacheco2 de junio de 2011, 14:37

    Hace un chingo me dijiste que me ibas a enviar una lista de tópicos o algo así. Hasta el día de hoy mi inbox está seco como los huesos de alguien miserable en el desierto.

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  3. Carlos Mal Pacheco2 de junio de 2011, 14:38

    Muchas gracias, Rookie Wookie, qué bueno que te gustó.

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  4. sin duda alguna soy tu seguidora Carlos Mal, muy entretenido tu relato :-)

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  5. ¡Gracias, Biby, nos vemos en Facebook!

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  6. Para ser un pinche lunes de hueva, que se malcruzo con un fin de semana y el dia de muertos, me lei todo el pichi articulo y me parecio verdaderamente poca madre!

    P.D. HLMDP

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    1. Es un gran honor que mi texto tenga el poder de vencer al lunes.

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  7. Muy /b/tard o que Carlos? la verdad es que acabo de leer esto en la revista vice y me parecio muy buen articulo.

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  8. Leía plácidamente tu relato durante mi descanso en la oficina, pero al llegar al final del segundo párrafo del “Paréntesis” he dejado de tener paz, casi escupo mi trago de agua, que debí vaciármela sobre mi blusa cual cliché porno. Tratare de terminar mi día sin evocar ciertas imágenes… Me encanta como escribes, saludos

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    1. Pues estamos a mano, a mí también me gustó mucho tu comentario.

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