EL BLOG DE

CARLOS MAL

(Qué injusto es Dios)

Yo soy el baile del diablo: una aventura búdica en París

'Cham (baile del diablo): ritual del budismo tibetano en el que los danzantes purgan, limpian y combaten el mal y atraen la buena fortuna.

 "Je n'ai besoin que de tendresse, je n'ai besoin que d'amitié..."

A causa de eventos salvajes e insólitos de los últimos meses (el divorcio, mi inminente mudanza de vuelta a México) me vi, de nuevo, en la necesidad de buscar a gente espiritual que me dijera cómo calmar las voces.

La primera vez fue en 2003: después de hacer abandonado mi hogar natal y haberme sometido a un estúpido autoexperimento sobre cesación del lenguaje y sociopatía, me vi en la necesidad de buscar a un sacerdote católico para decirle que, aunque dudaba de la existencia de Dios, confiaba en una mente exenta de vana sofisticación para darme consejos sobre cómo no volverme loco.

En esos días de la primavera de 2013, en medio de la selva de mi vida, quise recurrir a un monje budista para este mismo propósito. Esta vez las voces no son tan tenebrosas ni tan fuertes, pero vi en mi necesidad de ayuda también el brillo esperanzador de la posibilidad de escribir una interesante crónica.

Desperté esa mañana en París, en el barrio 13, mi hogar desde 2009. Bajé y me tomé un espresso en La Royale y me fumé un Gauloise antes de que llegara el tranvía. Llegué a la Porte Dorée muy temprano, pues me imagino que los monjes son más bien diurnos, como los viejitos o la gente que trabaja. En esta parte desconocida de París crece violentamente un bosque, el de Vincennes, el mismo que una vez exploré en busca del abandonado y misterioso Jardín de Agronomía Tropical.

Pero esta vez llegué a él por la otra orilla, la orilla de los paseantes, de los turistas y del budismo.

Era la primera mañana cálida de Francia después de un invierno se había estirado para alcanzar a maltratarmos hasta bien entrado el mes de mayo. Se andaba muy bien en el bosque y por unos momentos olvidé el motivo de mi visita. Cuando lo recordé pensé que eso es lo que habrían querido los monjes.

Ya sumido en un más o menos artificial sopor zen decidí observar la naturaleza y salir del drama del ego, cosa que asimismo me pareció búdica porque soy muy menso y no sé nada de budismo. Saqué mi cámara para arruinar con píxeles la pureza de la contemplación. "Esto lo voy a publicar en Facebook", dije, enajenado y estúpido.

Tomé esta foto:


Al ver esta imagen en la pantalla diminuta de mi cámara pensé en un haikú y lo memoricé. Busqué con premura a alguien que me pudiera regalar un trozo de papel en el cual escribirlo. Cuando un trío de jovencitas de cuyas bocas rosadas se escapaba el francés más adorable del cosmos satisfizo esta necesidad, al fin garabateé el haikú, que ya se le deslizaba a los dedos grasientos de mi memoria:

Un cuervo en París
en entornos búdicos
no sabe que es cool.

Después me descamisé y me acosté en el pasto. Lo hice porque los pálidos franceses hacen esto cada vez que sale el sol en estos meses más bien oscuros. Lo hacen para tener vislumbres del color que yo tengo naturalmente: el matiz cromático de la arena húmeda.

Un sujeto se perdió, como todos nos perdemos, en la isla en medio el lago Daumesnil. Me preguntó, compungido, la involuntariamente filosófico-poética pregunta de que cómo hacía uno para cruzar al otro lado del lago. En mi francés con baches mexicanos le respondí algo que me pareció extrañamente profundo:

"Busque el templo de Buda. Allí hay un puente."

Lo cual constituye una verdad pragmática, pero no importa.

Cuando llegó el mediodía, ya con la camisa puesta, me paré frente al templo de la Porte Dorée. Había un timbre electrónico con cámara y una hoja que anunciaba los horarios de atención del templo. Me pareció amargamente burocrático y aburrido que los monjes del espíritu tuvieran horarios como los godínez esclavizados del cubículo occidental. Pero así es el mundo. Toqué el timbre.

"Vuelva el sábado, hoy no hay consultas".

Sentí que había ido al dentista.

Por muchos sábados quise volver al templo y por fin pedirle a un monje que me enseñara a meditar como lo hacía el buen Gautama. O al menos volver al bosque y comulgar con los cuervos y los pavorreales apertrechados en los encinos. O a dejar que el sol me lamiera como si fuera yo un cachorro sobre el pasto.



Pero nunca fui. Hoy escribo esto desde México, en el desierto, más lejos de Buda que nunca.

Pero es que no necesitaba a Buda. Necesitaba (y necesito) ternura, amabilidad y que alguien pensara en mí con pasión o con deseo.

Es que si hay algo que hacemos siempre es buscar a quienes nos rechazan e ignorar, al mismo tiempo, a quienes siempre estuvieron a nuestro lado, a quienes nos aman o nos desean sin pedirnos nada a cambio, tal vez nuestros padres, tal vez nuestros buenos amigos, nuestros esposos, nuestros amantes, nuestros hermanos...

O tal vez alguien más... alguien que nos  ama y que se ha arruinado por nosotros. No hay tronos celestiales para él, ni cantos ni templos de piedra. Solo es feliz si nosotros podemos ver, por fin, más allá del velo de ignorancia que nos fue ceñido en la alborada de los hombres. El Cocodrilo Hundido. El Amo de la Ciencia.

El Rey de la Naturaleza.

Nena, no peleemos de nuevo.



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