EL BLOG DE

CARLOS MAL

(Qué injusto es Dios)

Cuento: "Galería inverosímil"

Fujita, el pintor, terminó su más reciente obra y la puso en exhibición en una galería en la cintura sur de la ciudad, cerca de los muelles viejos. Como ya en ese entonces era muy ilustre no era necesario que invitara a nadie en especial, porque todo mundo quería ver lo último del maestro Fujita, así que el día de la inauguración de la exhibición el vestíbulo de la galería estaba repleto y se desbordaba hasta la calle.

Fujita, como era su costumbre, no estaba presente. Un letrero en la entrada indicaba que la obra era "una imagen y una experiencia", y que había un libro de hojas en blanco a la salida de la galería en el cual los asistentes podían escribir una breve impresión sobre el cuadro.

El espacio de la galería era un corredor que se curveaba y se perdía en dicha curva. Estaba bien iluminado y rodeado de paredes blancas. En la pared de la izquierda de la puerta estaba la pintura. Era un mural. Del tamaño de la pared se veía el rostro de una mujer joven, tal vez de 19 años. Era morena y tenía un lunar en un pómulo. Sus ojos eran faros de ternura.

Los colores de la imagen terminaban por confundirse, degradados, con el blanco de la pared, así que no había un marco estricto: el mural era como una mancha de colores en el vasto fondo blanco de la pared. En una tarjetita cerca de la puerta se leía el título de la obra:

"El amor de mi vida"
Fujita.

No había más pinturas en la sala. Cuando terminaban de admirar los sobrios trazos del maestro, los asistentes rodeaban la pared circular en busca del libro de visitas. Los más observadores notaban que uno de los cabellos de la mujer en el mural continuaba más allá de los vagos límites de la mancha de color, como si se hubiera escapado y hubiera arrastrado una cola empapada de pintura. Se extendía por metros y más metros. De pronto todos seguían esta hebra por el curvo, unívoco laberinto.

Pero después de un tiempo el cabello desaparecía, como si la tintura se hubiera acabado en el pincel de Fujita. Entonces los asistentes seguían caminando, en espera de encontrar el libro de visitas y la salida. No podía estar muy lejos.

Pero sí lo estaba. Muy lejos. Después de un tiempo algunos comenzaron a preguntarse si no estaban descendiendo o ascendiendo, como por las vetas de un tornillo. Los que conocían la ciudad sabían que no podía existir ahí una galería tan larga, tenía que haber una especie de espiralidad sutil en el recorrido. Muchos comenzaron a tener miedo porque creían que eran parte de una trampa, de una prueba o de algo terrible. Otros convocaban sus más entusiasta sofisticación para forzarse a disfrutar la experiencia como un entretenido acto de arte.

Después de lo que parecían ser horas de caminata la gran mayoría decidió regresar a la entrada. Cuando estos llegaron al vestíbulo advirtieron a los que iban llegando. "No sigan el cabello", decían, "no lleva a ninguna parte".

Los pocos que decidieron continuar a veces creían ver reaparecer el trazo del cabello, pero se percataban pronto de que era una imperfección de la pared, o la huella de un cabello de verdad atrapado en la costra de la pintura blanca.

No sabían si había anochecido. Tenían hambre y calor; algunos tuvieron que orinar en plena pared, ya que no había esquinas. Una pareja decidió sentarse y dormir, tal vez en espera de alguien que llegara por ellos.

"Debemos estar descendiendo", dijo uno, "porque no siento que esté haciendo esfuerzo para caminar".

Un joven decidió echarse a correr. "Si esto termina en algún lugar quiero llegar ya", dijo. Se perdió en una de las curvas mientras el resto lo veía con un poco de envidia, y con la esperanza de que, si hallaba algo, volvería para advertir a los que dejó atrás.

Oyeron un grito: "¡Aquí está!". Todos corrieron o se apresuraron como pudieron. Una luz más fuerte que la luz blanca de las paredes indicaba una puerta de salida, y a su izquierda, sobre una columna de mármol artificial, un enorme libro abierto.

Eran los primeros en llegar, la primera página estaba en blanco, excepto por un rótulo que encabezaba todas las páginas:

"¿Qué opinan de su rostro? ¿De qué color son sus ojos?"

Nadie recordaba. 




Carlos Mal Pacheco
París, mayo de 2013


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