EL BLOG DE

CARLOS MAL

(Qué injusto es Dios)

LAS AVENTURAS DE CARLOS MAL EN CIUDAD HOCICO

Vine al DF porque me dijeron que aquí estaba el consulado francés. Yo vivo en Hermosillo, un pueblo en el norte de México perdido entre desiertos, una ciudad sin agua y sin ley, con algo cercano al millón habitantes; las calles son delgadas y los semáforos tienen vida propia, una vida propia en la que decidieron no funcionar en beneficio de jodidamente nadie.

Últimamente parece que hay más carros que gente en Hermosillo. Un galón de gasolina cuesta lo mismo que una comida completa, los conductores no saben qué es la luz direccional y las calles más importantes están bloqueadas para siempre porque el gobierno está construyendo feos y torpes puentes por todos lados.

Nunca había ido al DF. Tengo 30 años, así que cuando mencionaba ese dato, muchos me miraban con incredulidad. Así que cuando me dijeron que si quería volver a ver a mi esposa tenía que ir al DF, se me heló la sangre, pero me agarré con fuerza la entrepierna (me dolió mucho) y dije: "Sobres, allá vamos"


El vuelo fue una broma. Anteriormente había abordado un avión solo para ir a París y después para regresar al desierto, así que no se me puede llamar un experto en viajes por avión. Mi sentido común me decía que el viaje iba a ser corto, pero me dio gran risa que tardé más en llegar al aeropuerto desde mi casa que lo que me tomó atravesar tres zonas climáticas y dos husos horarios. Lo que dice Louis C.K. es muy cierto: todo es maravilloso y nadie está contento: podemos volar por los aires cómodamente sentados y leyendo revistas, y aun así nos quejamos de que la comida de aerolíneas es mala o que no hay suficiente espacio en el avión para estirar las piernas.

"Carlos, te podemos llevar a París en un solo día sin necesidad de que pases semanas aterrorizado en un barco mugroso. Pero lo malo es que vas a tener que viajar en una caja con hoyos para respirar. Y solo te vamos a dar un gansito y un tetra-brick de Jumex para todo el viaje".

Yo diría de inmediato: "Dónde firmo. Vámonos ya".


A Ciudad Hocico (nombre que utilizo siempre para el DF) llegué de noche. Mi tío Mando llegó por mí y me llevó a su casa en una ciudad en el Estado de México. Al parecer es normal que cada día de trabajo o de escuela se pueda considerar turismo.

El metro de París me había preparado un poco, sabía comprar boletos y seguir los señalamientos de colores. Sabía leer los mapas en el interior de los vagones. Lo que no sabía era que tomar el metro a las ocho de la mañana en la estación Tacubaya era parecido a la preparación de surimi.

Después de sentirme como Indiana Jones (tuve que evitar ser aplastado por las puertas del metro) llegué al edificio del consulado francés en la colonia Polanco, la cual, me dicen, es de las menos gueto de la ciudad.

Pero, por supuesto, como desde 2009 tengo una leve maldición yaqui (voy a escribir después sobre esto), en el momento en que llegué una alarma de incendios evacuó a todos los del edificio. Tengo evidencia fotográfica de esto: las personas que se ven detrás de mí en la siguiente imagen son los empleados del consulado.

Era una alarma para practicar las técnicas de evacuación nada más.

Después de esperar dos horas me vi frente a frente con el empleado que decidiría mi destino. No era difícil imaginar este escenario: el sujeto ha vivido en la Ciudad de México por años con un sueldo en euros, pagado por y desde Francia. Nada mal, pero extraña muchísimo París. Su mal humor se deriva, probablemente, de que todo el día, todos los días está detrás de un cristal dándole a todo mundo las llaves del lugar al que él quisiera regresar. Es como ser el portero de la alcoba de Monica Bellucci.

De mala gana me dio, al final del breve trámite, un papel y la promesa de que mi visa llegaría en 15 días a mi casa en el desierto.

¡Después de esto era hora de disfrutar de mi visita!

Lo que hice fue tomarme un par de fotos frente al auditorio nacional, como esta, frente al mausoleo en el cual reposan los restos del genial cantautor Joaquín Sabina:


O esta foto bien macana, con el Auditorio Nacional en el fondo.

Y ya. Con eso terminó mi glorioso paseo por la ciudad. No vi el ángel, el monumento a la Revolución, no fui a Chapultepec, ni al museo de Antropología e Historia (que era lo único que se me ha antojado sobre el DF), ni siquiera vi el Zócalo, el supuesto corazón del país. No hubo nada que me hablara de un pasado prehispánico ni de las glorias obscuras de la Colonia. Sólo edificios de cristal y calles no tan atestadas de gente como yo me imaginaba.

El novio de mi prima, David Borchardt, fue mi Virgilio, me acompañó en todo el viaje, me esperó fuera del consulado, y todo por la jugosa recompensa de absolutamente nada. Es un muy buen tipo.


De vuelta en el Estado de México me di cuenta de algo interesante: el consulado se había quedado con mi pasaporte mexicano, el cual era mi única identificación con foto vigente. En ese momento supe que debí haber renovado mi licencia de manejar y debí haber tramitado una nueva credencial de elector, pero como soy un rockstar que cree que el destino es como una carroza romana cargada de dinamita, me fui así al aeropuerto: como si se tratara de una placa cromada del FBI mostré a las autoridades del aeropuerto mi licencia de manejo vencida y proseguí. En una segunda revisión hice lo mismo y procedí a sentarme en el cómodo sitio junto a la ventana. En dos horas llegué al desierto.

Quince días después me tomé esta foto:

Para los que no quieren hacer click en la foto para agrandarla, les cuento que en mi mano está mi visa para ir a Francia.

Y sorpresa, lectoras. Escribo esto desde París. ;)


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7 commentaires:

  1. Buen blog.

    De hecho llegué a éste por Algrito, el que a su vez fue sugerido por Facebook, que a su vez me había sugerido previamente a José Carlos como amigo.

    Solo tengo una pregunta -y conste que aclaré previamente los lazos que me trajeron aquí, pues no lo hago con mala intención: ¿se murió Joaquín Sabina y soy un ignorante, entendí mal la redacción antes de la foto o fue un error?

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  2. Joaquín Sabina no está muerto.

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  3. Esa duda tenía yo, pero no recuerdo si realmente nunca la posteé o simplemente me censuraron, jaja.

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  4.  Cambié de sistema de comentarios y parece que me ocultó algunos comentarios recientes, incluyendo uno tuyo en el que me preguntabas si Sabina estaba muerto.

    Y claro, no está muerto, así doy el rol yo de mentiroso.

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  5.  Estaba muerto, pero ya se siente mejor, gracias a Dios.

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  6.  No puedo imaginar qué frustrante fue... espera... sí puedo imaginar, yo estuve un año haciendo trámites, HAHAHHA!

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  7. Crítica de arte, eh, me interesa, allá voy.

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