EL BLOG DE

CARLOS MAL

(Qué injusto es Dios)

PIRA PAGANA - SÁBADO POR LA NOCHE CON JESÚS

Dios Padre querría que la segunda venida sucediera ya, y para el efecto, enviaría a su Hijo de nuevo, como está escrito. Pero no contaría con que el Hijo es Él mismo, pero que no es como Él, o como diría U2 en “One”: somos uno, pero no somos iguales.

Y como Cristo es de amores y de paces y de amistad y de concordia, no vendría a echarnos encima copas de veneno ni montañas en llamas, ni insectos come-hombres. Cuando llegara, de alguna manera lo convencería de ir a dar una vuelta conmigo y mis amigos el sábado por la noche.

En casa, mientras nos acicalamos con colonia, gel fijador para el cabello y pastillas de menta para el aliento, mi madre dudaría de la autenticidad del Mesías. Todo cambiaría cuando Jesús le transformara el garrafón de agua purificada en un generoso Amontillado cosecha española 1859.

Mi madre y mi hermana, después de sugerirle humildemente un cambio de atuendo, le darían una camisa y chaqueta. Mi madre, secretamente, pensaría que le vendría bien una afeitada, y Jesús lo adivinaría con una sonrisa.

Antes de que se pusieran a hablar de religión, rescataría a Cristo de mi madre para subirlo a mi auto, un viejo Ford Topaz 1987 más sucio que bonito y más azul que funcional. De ahí pasaríamos por mis más caros amigos, o, para ser más justo, los tres selectos que cupieran en el asiento trasero.

Con la carga humana completa, lo siguiente sería equiparnos. Ninguno de mis amigos toma alcohol. Pero haríamos una excepción por nuestro invitado, pues Ezra Pound y la Biblia testifican que al Redentor le gustan los buenos vinos. Le compraríamos una botella barata del horrendo vino de Calafia con sabor a basura, el cual, por supuesto, sería de inmediato transmutado en un suculento rojo al estilo grumoso y dulce de la vieja Jerusalén.

Con gritos simiescos que Cristo trataría de imitar de la mejor manera posible, nos pondríamos en marcha para peinar los transitados bulevares de nuestra ciudad. Mis amigos y yo opinaríamos mentalmente, al mismo tiempo, que, como esperábamos, Cristo es un muy buen tipo.

Mis amigos le preguntarían todo tipo de cosas a cada segundo, que si podía volar, que si hubo algo turbio con María Magdalena, que si porqué diseñó a Hitler, que si cómo se le ocurrió la idea de crear a la mujer y por qué son tan encantadoras. Yo le preguntaría específicamente en qué se basó para crear a Monica Bellucci.

Al encender la radio, le pediría que nos pusiera en los altavoces algo de música que le gustara escuchar. Él haría que se hiciera sonar el “Invierno” de Vivaldi. Sin muchas ganas de escuchar música clásica le pediríamos otra canción de su afición. Él pondría “Vértigo” de U2, y todos aprobaríamos con las cabezas.

En el camino decidiríamos hacer una parada recreativa en nuestros billares favoritos. Le preguntaría a Jesús si sabe jugar billar. Él cerraría los ojos en plena concentración, sentiría un impulso eléctrico diminuto, como si estuviera canalizando algún tipo de información ultraterrena: abriría sus ojos, y me diría serenamente, viéndome: “Ya sé jugar billar”.

Pasando por una intersección, uno de mis amigos vería a una chica muy hermosa esperando la luz para cruzar. Aquél le gritaría “Adiós”, a la grosera y tímida usanza, para después encogerse en su asiento, riéndose. Cristo, queriendo seguir ese inexplicable ejemplo de diversión, esperaría a que una mujer hermosa apareciera. Vería a una pareja y, sacando la cabeza por la ventana gritaría: “¡Tu novia es muy hermosa, amigo, te felicito, hacen una maravillosa pareja!” Y nosotros pensaríamos que ese sería, tal vez, el mejor piropo del mundo.

En los billares sentiría por primera vez el olor agresivo y penetrante del tabaco y pensaría en los inciensos más agrios de su infancia. Nos contaría entre partida y partida de billar cómo Él, como ser humano, ya había cumplido todo lo que hubiera deseado cumplir. Y nos diría naturalmente, sin forzarnos a creer nada, qué tan bien podría funcionar el mundo si simplemente no nos pusiéramos tan paranoicos con las posesiones materiales.

Y con eso terminaría todo el sermón. No estaría de humor para ponerse bíblico con nosotros. Estaría a punto de ganar una partida y una de las bolas se quedaría pendiente de la buchaca y no caería, haciéndolo perder. Se acordaría entonces de la noche de frustración en la que diseñó las bolas de fuego que acabarían con Sodoma y Gomorra.

Avanzada la noche iríamos a un parque a sentarnos a platicar casualmente. Yo adivinaría con tristeza que en verdad Él lleva dos mil años extrañando las noches de conversación con sus amigos pescadores. Nos terminaríamos su botella de vino y contemplaríamos Su obra en los pergaminos negros del cielo. Sería una buena noche.

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2 commentaires:

  1. Notabilísimo!...

    Quisiera que se me hubiera ocurrido a mi!.

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